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martes, 12 de octubre de 2010

Lula

Tal vez sólo en un país como Sudáfrica, alguien puede perderse por los pasillos de un centro de convenciones, abrir una puerta y encontrarse en un enorme salón repleto de empresarios poderosos que escuchan cautivados a dos jefes de Estado que aparentan buena química con el afán de atraer negocios y despertar inversiones.

Por entonces, el Mundial de Fútbol llegaba a su fin y Lula estaba de visita en Johannesburgo para el lanzamiento de Brasil 2014. A su lado, los escuchaba Jacob Zuma, el presidente anfitrión, quizás más conocido por ser el zulú polígamo más famoso, con cinco esposas y no se sabe cuántos hijos.

Después de bajar en tinta acuerdos turísticos y de comercio bilateral, Lula y Zuma se apretaron las manos, sonrieron para la fotografía y saludaron amablemente a los empresarios locales, en su mayoría atraídos por el discurso contundente y persuasivo del brasileño.

La anécdota no viene a cuento de una crónica lisa y llana sobre lo fácil que puede ser sortear la seguridad presidencial en Sudáfrica. Tampoco trata acerca de Zuma y su debilidad por las mujeres. Es más bien una historia simpática que me recuerda a Lula. Más bien la única, la más cercana. Compartir este suceso no es más que echar mano a una excusa para saludar amistosamente la salida de un presidente exitoso, que impulsó a Brasil hacia un crecimiento sostenido, y que se despedirá de su cargo con algo más de un 80 por ciento de imagen positiva, el sueño imposible de cualquier político argentino.

domingo, 22 de noviembre de 2009

El obispo del pueblo de la muerte

José Luis Ponce de León es un obispo argentino que peregrina por la Sudáfrica recóndita desde 1994, cuando la aciaga política de segregación se extinguía en un país que aún encarna de manera asombrosa las ambigüedades del apartheid. Ponce de León fue testigo de los primeros pasos del gobierno democrático de Mandela y de la reconversión de una nación. Hace apenas unos meses, este porteño de 48 años nacido en la Paternal fue nombrado por el papa Benedicto XVI como obispo titular de Maturba y Vicario apostólico de Ingwavuma, ubicado en el Este del país, entre llanuras y cumbres, en la frontera con Mozambique y Swazilandia.

Ingwavuma es un territorio precario, rural, sin agua potable y con grandes huertas comunitarias. Es un sitio donde la pandemia del HIV camina con pies de plomo, y la ayuda humanitaria y religiosa es un brazo solidario que intenta socorrer a una población de 618 mil habitantes, de los cuales “un 40 por ciento o más” contrae el virus del Sida.

Da la sensación que Ingwavuma es un punto oscuro que hace equilibrio en el mapa. Sin embargo, el espíritu solidario hizo del territorio un foco comunitario, en donde convergen culturas, religiones e idiomas con un propósito desinteresado: ayudar. Así como el músico mexicano Carlos Santana grabó el documental “Road to Ingwavuma” con fines benéficos, aquí hay cientos de héroes anónimos que echan raíces con el afán de modificar parte de la historia.

El obispo Ponce de León es uno de ellos. También los son las decenas de voluntarios que siguen a diario la evolución de los enfermos de HIV. Pero la esperanza se puede estrellar con la sinrazón del mundo contemporáneo: apenas 1400 personas de 247 mil alcanzan a recibir el medicamento diario. La estadística es fría e irrefutable. “Por el Sida se pierde una generación. Una generación entera”. La voz trémula de Ponce de León se apaga entre la distancia y la pena. Desea hablar acerca de Ingwavuma y su Mundial, que tal vez no se trate del mismo que comenzará en junio de 2010 en suelo sudafricano de la mano de la industria millonaria del fútbol. Ponce de León se guarda su relato. Tal vez lo pueda expresar en un próximo encuentro. Quizás.